BIENVENIDOS AL GHETTO

Ya no estás solo, estamos todos en este día y cada día. No venimos a enseñarte, solo a darte un lugar para que compartas este sentimiento. No somos nada mas que un grupo de amigos que disfrutan de una pasión sin límites y quieren contarla. Por suerte nunca ningún miembro de los Redondos ha confirmado alguno de los mitos que se generaron a su alrededor, lo que hace imposible afirmar lo escrito aquí. Disfruten del viaje, termina cuando ustedes quieran.


jueves, 28 de septiembre de 2023

JUGUETES PERDIDOS

El único juguete lo inventábamos nosotros. 


Se escucha el grito casi a coro en todas las orejas que disputan el partido y se decreta el final del juego por el que habíamos dicho mil veces "gol gana".
Cada uno dispara en dirección a su grito sin perder tiempo, los llamados subían el tono y cuando era grito, había que entrar o entrar.
Pasabas más rápido que lo que corriste la última pelota, sintonizabas el canal y te acomodabas en la mesa como si los comensales fueran Papá Noel y los Reyes Magos.
Existían aromas que ya se extinguieron: el del pasto cuando chocabas el piso con la cara para apuntar una bolita. El del puchero los lunes al mediodía, que desataba esa relación de amor-odio con el osobuco y la sopa. Y el preferido de todos, la merienda.
Ésta sofocaba el hambre que generaba ese partido infinito y a eso sumale que era hora de mirar "los dibujitos", esos que duraban media hora y había que esperar 24 para volver a disfrutarlos. Sí, media hora de diversión en tv por 23:30 de espera, injusto? No, hacía más disfrutable y hoy lo hace más entrañable. Además, el futuro eran autos voladores, no el wifi.
Y nada te llena más que el aroma a yerba hirviendo en jarro enlozado, el pan que sobró del mediodía y la manteca fuera de la heladera acariciando la temperatura justa para ser desparramada (para ser sincero, la manteca aparecía solo los primeros días del mes). Los afortunados de la época, habrán disfrutado un 1/4 de porteñitas de la lata de doña María, no era mi caso.
Thundercats, Robotech y para aquellos más jóvenes, Caballeros del Zodiaco. La tarde estaba salvada.
El pan, el mate y los dibujitos duraban exactamente lo mismo y mientras, la vieja preguntaba por enésima vez si no tenía tarea. "No, ma, no me dieron" (mentía por enésima vez) y de vuelta a la calle, sin nada más que ganas de hacer un gol, el mejor gol. El que vimos por la tele en blanco y negro, gambeteando a todos, esquivando al arquero y gritándole al cielo. Aunque la realidad era siempre como la manteca y en lugar de cámaras había un solo arco sostenido por un adoquín y una remera, la pelota apenas rodaba de lo mojada que estaba de tanto irse a la zanja y uno sea tan pero tan pata dura que hasta abajo del arco, la tiraba afuera.